Los muertos y los ataques del poder establecido dan cuenta de que las organizaciones de base ya son una amenaza. No claudicar en los principios y no vender compañeros son las consignas de la hora.
Precaución en la acción porque como ya vimos en el caso de Ecuador, la mano de obra del sistema para aniquilar "amenazas" ya no es el Ejército invasor con traje "nacional", sino las fuerzas policiales (en este caso) que tienen legalmente posibilidad de meter mano en la "seguridad interna".
En el contexto argentino, hay mano de obra barata dispuesta a hacer los trabajos sucios que la burocracia sindical no necesta hacer. Barras, delincuentes a sueldo y sicarios, van a reemplazar en la línea de fuego a la eficiente Juventud Sindical que en otros tiempos tuvo a Huguito Moyano en sus filas.
El dilema es como reaccionar: Responder con mas violencia (inventar otro Rucci), esperar justicia (por parte del connivente Estado gendarme de los intereses de 20 familias) u otra opción que se le ocurra a las mentes creativas de quienes combatimos al histórico segundo patrón de los trabajadores.
Una mezcla de ácida tristeza, rabia y odio me invade. Levanto el puño izquierdo (¿seguirá vacío?) por los caidos en lucha.
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